El fardé de tíu Cirilo Serrano

Discurso pronunciado por tío Cirilo con motivo del homenaje recibido en agosto de 2000, por ser una de las personas de mayor edad de El Torno:

Bienvenidos, ante todo, buenas noches paisanos.

Con vuestro permiso, voy a ver si puedo recordaros algo de mi vida. Poco, porque ha sido bastante dura, trabajosa y problemática.
Primeramente, se trata de una carta de despedida de un grupo de prisioneros, compañeros nuestros en la guerra en África. Nos tuvimos que marchar todos en plena juventud, con tan mala suerte que ellos se quedaron allí para siempre, que en paz descansen. Y ahora después de tantos años, y como ellos ya no existen, voy a ver si puedo recordarles algo de lo mal que lo pasaron en la prisión.


Rostrogordo, África, 15 de Octubre, 1932.

Querida familia: se está acercando nuestra hora, si no es hoy será en breve, nos tenemos que despedir para siempre.
Un poco de silencio por favor.
Padres de mi corazón, quién había de creer que tu hijo se iba a ver en tan triste situación. Desde la primera acción que acabamos de dar, hoy me han cogido prisionero y tan desgraciado soy, que por ser cabo primero, sentenciado a muerte estoy. Este moro negro y feo, que prisionero me tiene cada hora, a mi prisión viene con rostro iracundo y feo, a exigirme, según veo, que a sus cabilas me vaya y, como infame sin raya, que venda mi patria y tierra, mas yo muero por la guerra, no vivo siendo un canalla.
Ya no la veré jamás, madre del alma querida, pues me quitarán la vida y no me atormentarán más. Esta carta guardarás como un recuerdo sagrado del hijo desventurado que va a morir inocente, ruega al ser omnipotente que me recoja a su lado.
Padre mío, no comprendo por qué el cielo me castiga, ¿no me bastan las fatigas que en la guerra estoy sufriendo? Si otro dolor más tremendo en mi alma se atesora, moriré antes de una hora, porque así lo quiere el cielo. Sólo, triste y sin consuelo, el corazón me devora, pero no siento morir a los golpes de un machete, ni que una argolla sujete mi maldito existir. Siento que he de sucumbir dejándoos pobres y ancianos. Soy sólo, no tengo hermanos que calmen vuestros tormentos, ¿quién os dará el alimento que ganaba con mis manos? ¿qué vais a hacer, padres míos?
Mi triste suerte se encierra, solos quedáis en la tierra, solos con hambre y con frío, lo quiso el destino impío, que de la vida va en pos, solos marchareis los dos con sentimientos profundos pidiendo por esos mundos una limosna, por dios.
Gracias, gracias, muchas gracias.
Adiós madre infortunada, adiós mi padre querido, por un hijo que habéis tenido, no soy ya en el mundo nada.
Mis postrimeras miradas y mis suspiros postreros para vosotros serán, padres de mi alma, rogad por mi eterna calma al que espía prisionero. No tengo tino ni acierto, no puedo más, madre amada, esta carta está empapada con las lágrimas que vierto y, aunque con mucho, por cierto, al poderla recibir tú, dejado habré de existir. En el cielo nos veremos, ante dios conseguiremos el sumo eterno dormir.
Gracias, gracias, muchas gracias.

Y ahora querido público, por favor un momento de silencio por todos mis quintos, amigos y compañeros difuntos. Descansad en paz, hasta siempre.
También quiero darles las gracias a las autoridades, al señor presidente y al público en general, por este recuerdo tan grato que me han permitido mostrar. Y a vosotros, paisanos y amigos, desearos lo mejor del mundo y que el señor os conserve la salud muchos años, si quiera tantos como a mí.

Gracias, gracias, muchas gracias, hasta siempre. Buenas noches.

Cirilo Serrano

Poema escrito en 1968, con motivo de un viaje a San Sebastián para visitar a su hijo emigrante, Cirilo

El Torno 5 del 8 de 1968.


El día primero de agosto
me marché a San Sebastián
y después de saludarnos,
los muchachos me dijeron:
- Vámonos a un restaurant.
Allí, lo primero que nos ponen
son filetes con patatas,
y yo, la verdad,
como no estaba enseñado
me manché hasta la corbata,
después nos sirvieron
unas raciones de pollo,
unos trocitos de pesca,
un vaso de vino y un bollo.

Después que salimos de allí,
nos marchamos al museo,
allí se aquietan las penas.
Lo primero que encontramos a la entrada
fue el chasis de una ballena,
un poco más adelante
encontramos la figura
de don Miguel de Cervantes,
luego, en otra habitación,
había un señor con bigote,
en aquel cuadro estaban
Sancho Panza y Don Quijote,
y hallé, en otra habitación,
a Amadeo de Saboya,
en aquella otra también estaba
Velázquez y el pintor Goya
y luego pasamos al salón de las herramientas,
lo mismo había mosquetones,
que había carabinas viejas,
varios arados y yugos,
martillos y hachas de piedra.

Subimos a Igueldo
para contemplar la mar
y para bajar del monte,
montamos en el funicular.
Después de salir de allí
visitamos el Astoria,
corrimos la parte vieja
y sin parar hasta Lezo,
a comer en casa de Vitoria,
allí estuvimos comiendo
junto con su compañía
y por la tarde nos fuimos
a visitar Fuente Rabía
y estando en Fuente Rabía,
paseando por la playa
me dijeron unos paisanos,
allí está el pueblo de Hendaya.
También vimos la aviación
y el agua internacional,
en la que según me dijeron
nadie se puede bañar,
y entonces yo les pregunté
por qué motivo, por qué razones,
pero ellos me contestaron:
- Son convenios de naciones.

Desde allí volvimos para atrás
sin dejar la carretera llegamos sin parar
derechos a la frontera,
y yo, la verdad, el llegar a la línea,
no era más que por ver si nos dejaban pasar,
pero los guardias no nos dejaron:
- Amigo, venga para atrás,
oye compañero, has visto el hombre atrevido,
si me descuido se cuela,
si se llega a pasar a usted
le aflojo yo una muela.
- Vamos, vamos, señor guardia
no será así como suena
y tampoco como dice,
si usted me afloja una muela,
yo le parto las narices,
¡ has visto el guardia orgulloso,
el cogote que ha criado,
qué habrá sido usted en su pueblo,
quizás guardador de ganado!

Como pasar no pudimos
ya nos volvimos andando para abajo.
En el cruce, a Juan nos encontramos,
con Fausto a su lado:
- Pero hombre, como tú por aquí,
paisano por estas tierras.
- Pues mira, he venido de excursión
y llegué hasta la frontera.
- Venga, veniros para casa.
Y nos metimos en un bar,
en el primero que vimos
y le dijo al camarero,
- oye, sírvenos unos chiquitos.
Al tomar aquellos chatos,
con unos aperitivos,
luego le dijo al del bar
que nos sirviera otra vez lo mismo
y al tiempo de ir yo a pagar
se acercó Fausto y así me dijo:
- Guarda tu dinero, que no vale aquí,
aquí quien paga soy yo,
no insistas tiempo tendrás de pagar,
esto si tu quieres cuando estemos en el pueblo,
si no es en casa de Japón,
pueda ser en casa de Ruperto.
Él nos daba su dirección
para que fuéramos a merendar,
pero entonces yo le dije:
- Perdónanos Fausto,
no nos podemos parar.

Y nos fuimos a la estación
y montamos en el tren,
el que de Francia venía,
y llegamos sin parar
derechos a Rentería
y sentí que me llamaban,
mas yo a nadie conocía,
cuando localicé a una señora
en el andén que decía:
- Amigo, usted, el del sombrero, el de El Torno.
Cuando me dirijo a ella y la digo:
- Oiga señora, cómo se dirige a mí
si no me habrá visto nunca.
- Pero hombre, Cirilo,
no te acuerdas de aquel año
que tan bien nos lo pasamos
en la fiesta de San Lucas.
- Ya tantos años, perdóname mujer,
no me daba cuenta,
aunque yo con la que más bailaba
era con la hija de tía Petra,
una que se llama Antonia
y se casó con Ángel, el chorizo.
Aquel año anduvo a ella mi compadre Resti,
pero no sé luego qué pasó
que uno de los dos no quiso.
Luego ya me empieza
a preguntar por las conocencias:
- ¿y Mariano, cómo anda de la vista?
como creo que andaba muy mal
y otro día estuvo a consulta
seguro que han dicho los médicos
que se tendrá que operar.
¿y el Patricio y la Dolores?
Esos vivían muy bien,
la Meli muy señorita,
creo que va a ser nuera de José,
el chico un buen secretario
se abrió la carrera el sólo,
ahora según nos han dicho,
le destinan a Riolobos.
¿y el Máximo y la Casiana,
esos vivirán igual,
seguirán con sus cabrillas en la Gama
y viviendo en el Portugal?
-Maximino y la Casiana
ya no viven el El Torno,
se marcharon a Manresa
y los dos muchachos mayores
trabajan en la misma empresa
y al pequeño también le tienen
colocado en una tienda,
le pagan cinco duros
y algunos días que otros
también le dan la merienda.
Y Máximo está también
colocado en un estanco,
gana quinientas pesetas
y un paquete de tabaco.
Y Casiana, esa no hace ni las malas,
vive igual que una señora,
tiene su televisión, gas butano y lavadora
y por las tardes se sale de paseo
con la paisana Felicia,
unos días van al cine,
otros días a la piscina,
y otros días a ver el tren
a la estación de Delicias.

- ¿Y mis paisanos, el Eladio y la Teodora?
esos vivirán muy bien,
nada más tendrán los dos chicos,
la Angelita y el José,
y según me ha dicho mi compadre
en dos colegios pagados,
a la Angelita le va muy bien,
pero el chico, para los deberes es dejao,
y su padre anda de cabeza,
porque no quiere estudiar,
pero Teodora le dice,
-Déjale, tú no te enfades,
que él algún día lo verá,
- Para cuando tiempo ya no haya,
si él se hiciera caso de mí,
otro gallo le cantara.
Pero el chico de estudiar nada,
ni de día, ni de noche,
solo tiene la ilusión
de que le compren un coche
y su padre le contesta,
- Qué coche ni qué narices,
más te valiera estudiar
que no sabes lo que quieres
ni tampoco lo que dices.
Nos despedimos muy cortésmente
invitándome a cenar,
pero entonces yo la dije,
no podemos, ya es muy tarde
y nos vamos a San Sebastián,
no te preocupes mujer,
volveremos por aquí,
sí no es de día, alguna noche
y si acaso no pudiéramos,
da recuerdos a Carbote.

A la mañana siguiente
cogí y me marché a Tolosa
a comprar unos regalos
y unas medias para Manuela
que es mi esposa.
Y a la mañana siguiente
ya nos vinimos para casa
y en la estación de Plasencia
nos esperaba Tomasa
y dice de esta manera.
- Sobrino, qué bueno estás,
cuando lleguemos a casa
tu madre se va a alegrar,
ella, claro, igual que todas las madres,
como eras de los primeros,
no quería que te marcharas,
pero ya está bien contenta
y más si al llegar tú ahora
la entregas algunas perras
y mira, no es que la hagan mucha falta
porque ni aunque no sean muchas
a Dios gracias, algunas tiene,
pero ya sabes de sobra
lo que somos las mujeres,
además, en los tiempos que tenemos,
las perras todas son pocas,
se gasta mucho en comer
y sobre todo en ropa.
Ya nos vinimos para el pueblo
y la madre y toda la familia
le esperaban allí, en la carrera
y se pegaron a él como una mosca,
al lado que comprendían
que llevaba la cartera.
Ya nos subimos para arriba
y cuando llegamos a casa,
la madre le decía:
- Hijo, pero cuánto me alegro,
siéntate y descansa
que te saque un chorizo,
que este año, gracias a Dios,
hicimos buena matanza.
- Madre, usted no se preocupe
porque yo no tengo hambre ahora,
voy a ver a Manuela
y pasar con ella un rato,
tengo que ver a los cuñados
y a tía Pastora y tío Eustaquio.
- Hijo, no tardes mucho,
tienen que venir a verte,
ya sabes cómo son en los pueblos,
lo cumplida que es la gente.
- Sí madre, todo lo comprendo
y supongo que seguirá todo igual,
unos vienen por verme
y otros por curiosear.
Y aquí termina el romance señores,
por mi dictado suplico que me perdonen
si no está todo bien redactado.

 

Cirilo Serrano, tío Serrano.

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