Adolfo Izquierdo

El Padre La Calle

Primer centenario de su muerte. Año de 1948

Dedicatoria

A la memoria del señor don Manuel

Montoto Pascual, familiar del Padre

La Calle, y que en vida fue mi amigo

muy querido, dedico con todo fervor

este folleto.

EL AUTOR

 

1

Introducción

Los pueblos y naciones, sienten una intensa satisfacción al honrar a sus hijos más ilustres. Estos, son a manera de hijos señeros, que se alzan en las rutas de su historia; como indicadores de la buena senda, para los viandantes que cruzan los caminos de la vida.

He aquí la única razón del presente y bien modesto trabajo, en loa de un hombre ilustre: el Reverendo Padre Don Rafael de La Calle y Sevillano, de la compañía de Jesús, personaje ya historiado y biografiado, por plumas tan ilustres, como la del famoso historiador Lafuente y la no menos esclarecida del Padre Frías, contemporáneo del Padre La Calle y Sevillano.

Paisano y admirador del ilustres jesuita, no hacemos otra cosa, que recoger los datos de tan próceres escritores y componer este opúsculo, con el que nos proponemos enaltecer la memoria de tan alto coterráneo nuestro.

Aprovechando la ocasión de disponerse el pueblo, su pueblo natal -que también lo es nuestro- a celebrar este primer centenario de su muerte y acuciados por nuestro entrañable amigo el sacerdote virtuoso y campechano Don David Matallana Polo, tomamos la humilde pluma y con escasa competencia, pero con gran fervor, a fuer de paisano del homenajeado, componemos y damos a la estampa este trabajo humilde, para que en este centenario se difunda entre los vecinos del lugar, a fin de que conozcan quién fue su ilustre paisano -de quien muchos tienen noticias poco concretas-, ya que toda persona bien nacida y medianamente culta y educada, siente cierto noble orgullo, en poder llamarse coterráneos de aquellos personajes que por su gran valer han merecido el alto honor de pervivir en las páginas de la Historia.

Desde nuestra infancia tuvimos noticias del Padre La Calle. Los viejos del lugar, hablaban de él con harta veneración, admirados de su sencillez, virtud y sabiduría, y sobre todo -y esto es lo que más les asombra- de sus largas correrías por los dilatados caminos del mundo.

Siempre habíamos anhelado que llegase esta fecha del centenario, creyendo que los rectores de la vida oficial lugareña, secundarían con entusiasmo cualquier iniciativa tendente a desenpolvar en el vecindario la memoria del famoso jesuita, para generar admiración y estimación de aquellos que nacimos y nacieron bajo un mismo cielo y sobre el mismo pedazo de suelo que nuestro biografiado.

Por fortuna así ha sucedido, por lo que también nos place poner nuestro granito de arena, mirando más que nada, a los niños de hoy hombres de mañana, en cuyos corazones quisiéramos entronizar la egregia figura del Padre La Calle, que hoy por hoy es el hombre más ilustre y relevante, de entre los que en nuestro pueblo han visto la luz primera.

A parte de credos, religiones e ideologías políticas, todo aquel que descuella en grado sumo sobre la gran masa, merece que se venere y enaltezca su memoria.

Esto es lo que nosotros hacemos hoy con el Reverendo Padre Rafael de La Calle y Sevillano, cuya estampa de fraile humilde, sabio, virtuoso, sufrido y andariego esponemos ante la contemplación de sus paisanos, que igualmente lo son nuestros.

 

2

La patria del hombre ilustre

Toda estatua tiene su pedestal; toda escena su escenario, como también todo hombre ilustre, tiene una Patria chica que le vió nacer. Al honrar a nuestro hombre célebre, queremos también honrar a su Patria, tanto por ser suya, como por ser también la nuestra.

¿Cuál fué la Patria chica del Padre La Calle y Sevillano?

Hela aquí:

En tierras de Tornavacas, en la extremaña provincia de Cáceres, como quien dice en la antesala de la Vieja Castilla, lindando con las tierras abulenses, nace un río, a quien los árabes llamaron Xerete (gozo), río que luego de regar un fértil valle (el Valle del Jerte), y de besar los muros de Plasencia que en sus aguas se contempla, muere sorbido por el Alagón, afluente del Tajo.

Hoy, tal río lleva el nombre de río Jerte, y en la montaña derecha que flanquea tal valle, como a 22 kilómetros de la bella y episcopal ciudad de Plasencia, se alza entre rocas un pueblo de casi 2.000 habitantes, con todo el empaque y fisonomía de un pueblo serrano. Es El Torno, que desde su mirador rocos, ve correr abajo el río, ve florecer los árboles de la sierra de enfrente, descansa sobre un pedestal de rocas rodeado de viejos centinelas de granito y está circundado por un bello anfiteatro de montañas.

Cuando el Padre La Calle vino al mundo El Torno era una Aldea perdida en plena serranía, una serranía abrupta y cubierta de grandes bosques de robles y castaños, posados sobre alfombra de retamas, brezos y zarzales; una serranía, que amparaba manadas de jabalíes y de lobos. Hoy, el paisaje está más humanizado. A los árboles bravíos, han sucedido los frutales y al áspero monte bajo ha venido a sustituir el suelo de las praderas floridas y el de los huertos cubiertos de olivos y hortalizas. Pero entonces y ahora, innúmeros claros arroyuelos, deslizándose monte abajo, cantan la sinfonía del agua y multitud de pintados pajarillos, modulan sus canciones en este suave paisaje serreño, como las modularon en el montaraz y bravío de aquél año de gracia de 1783, fecha en que naciera el Reverendo Padre, que había de alcanzar un relieve tan pronunciado.

Pueblo de cazadores y pastores con algún que otro agricultor, vivía su vida aislada entre los bramidos del viento y el aullido de los lobos, hasta que en el año 1809, un episodio de sabor histórico, le hizo vibrar y tal vez cambiar el rumbo de su destino.

Había ocurrido la invación francesa. Plasencia, había sido ocupada por Soult y un destacamento francés, encaminándose monte arriba, llegó al pueblo con objeto de imponerle una fuerte contribución de guerra en especies.

Los que en Marengo y en las Pirámides habían pintado fuerte, quisieron hablar recio a los torneros, que habituados a contender con lobos, no se intimidaron de franceses, haciéndoles tornar a Plasencia con algunos dientes menos.

Encolerizado Soult, envió a El Torno un batallón que no pudo acabar de escalar el repecho, porque en la mitad de él, fué fieramente derrotado por los lugareños capitaneados por un viejo y valiente cazador de lobos. Pero fuerzas superiores tornaron a la carga, y el pueblo fué pasto de las llamas por la venganza francesa.

Aquello sin duda, fué causa de que un buen número de torneros se incorporasen a los patriotas guerrilleros, mereciendo especial mención Don Pedro Alonso, que acuciado por su propia madre, ingresó como voluntario en el Ejército Español, guerreó con bravura durante toda la campaña, retirándose después de una larga vida militar a sus lares con el grado de Coronel.

Pasada esta epopeya, El Torno vivió otra vez su vida aldeana, dejando cada vez más su carácter de pueblo pastor y cazador, para verter su sudor en el terruño, haciendo producir vino, aceite, fruta y patatas a lo que antes fue campo bravío, sustituyendo por la espontánea vegetación salvaje, el plantío nacido del cultivo.

He aquí el pueblo que fue cuna del ilustre Padre Rafael de La Calle, cuya vida en él tuvo principio, y que se apagó lejos de su tierra natal ahora hace un siglo, entre las azules ondas del Mare Nostrum.

 

3

El hombre

"Tomo 3º del libro de Bautizados = folio 318 vtº = en la Iglesia Parroquial del Lugar del Torno del Obispado de Plasencia, Provincia Compostelana a ocho del mes de Febrero, año del Señor, mil setecientos ochenta y tres años; yo el infrascripto Cura de ella, bauticé solemnemente a un niño que afirmó su padre había nacido el día veintiocho del mes de enero anterior y se le puso el nombre de Rafael y es hijo legítimo de Clemente de La Calle y de su mujer María Antonia Sevillano; son sus abuelos paternos, José de La Calle, natural del Lugar de Casas del Castañar, y María Santos de La Calle, y los maternos, Juan Sevillano de este Lugar y Ana Torres; fue su padrino Rafael Sánchez Carnerero, a quien advertí la obligación y parentesco que por ello contrajo; son los restantes vecinos y naturales de este lugar y lo firma Bernardo Rubio Morales = rubricado."

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Como se ve por la partida de Bautismo que acabamos de transcribir, el Reverendo Padre Rafael de La Calle y Sevillano, nació en El Torno el día 28 de Enero del año 1783, ya en las postrimerías del siglo XVIII. Fueron sus padres, don Clemente y doña María Antonia, de la mejor estirpe de la aldea, cristianos viejos de los de solera y abalengo. Pertenecían además a la clase acomodada, como que tenían saneados predios poblados de vides, olivos y castaños, así como buenas tierras de labrantío y buena manzana de casas en la parte más central y principal del pueblo.

Podemos conjeturar casi sin temor a equivocarnos que nuestro biografiado, así como su hermano Don Eustasio, que fue Coronel del Ejército, nacieron en la casa que hoy conservan familiares suyos de la rama colateral y que frente al Templo parroquial está emplazada.

También sabemos que la respetable familia que nos ocupa, familia de señores acomodados del lugar, poseía casa propia en Plasencia, ciudad en que solía pasar largas temporadas.

El futuro ilustre jesuita debió compartir el tiempo de su infancia entre la ciudad del Jerte y El Torno. Allí debió nutrir su espíritu con la ciencia y con la fé y aquí endurecer su cuerpo con los aires de la sierra y los ejercicios infantiles de trepar a los árboles y los canchos, fortaleza que conservó siempre, como luego se verá y que no le abandonó mientras en él latió la vida.

En edad oportuna, ingresó en el Seminario de Plasencia, donde sus profesores le hicieron prosperar en virtud y sabiduría.

Siendo aquél un campo pequeño para él, pasó a Salamanca a la docta, en cuya famosa Universidad terminó con notable aprovechamiento su carrera literaria, habiendo recibido en tal centro los grados de Bachiller y Licenciado. Fué luego en Ávila, donde se doctoró en Teología.

En 1817 fue ordenado de Sacerdote y en reñidas oposiciones, obtuvo un beneficio en la Catedral de Plasencia, siendo también nombrado Bibliotecario Episcopal y Rector del Seminario Conciliar.

Su ardiente fé, le hizo pensar en la vida conventual. Es posible que la soledad, quietud y solemne tranquilidad de su pueblo natal, sembrasen en él de niño, el germen de la vida retirada y contemplativa que se decidió a seguir, cuando ocupaba el cargo de Rector del Seminario.

Un buen día, nuestro Padre marchó a la fragosa región de las Batuecas en cuyo convento moraba el carmelita Padre Cadete a quien pidió consejo, y sometido a unos ejercicios espirituales, aquel Padre le aconsejó que ingresase en la Compañía de los hijos de San Ignacio de Loyola.

 

4

En la Corte

El Padre Rafael dejó su terruño alto extremeño y poseedor de gran bagaje de ciencia y de virtud recaló en la Corte de las Españas, donde principió su noviciado. Bien pronto se distinguió como gran teólogo y orador sagrado de extraordinaria elocuencia y al mismo tiempo que cumplía su noviciado, fue destinado al desempeño de la cátedra de Teología, al confesonario, al púlpito, a la catequesis y a otros cargos que desempeñó con admirable competencia.

El 20 de Septiembre de 1827 pronunció los votos y fue nombrado Rector del Seminario de Nobles que acababa de fundarse.

Bien pronto el Padre La Calle fue conocido y admirado en Madrid, tanto por sus escritos como por sus magníficos sermones. Era tal la afluencia de gente que acudía al templo cuando predicaba el Padre La Calle que la fuerza pública tenía que ordenar la entrada, pues todos se atropellaban para no quedarse sin escuchar sermones tan elocuentes, impregnados del espíritu de Santa Teresa de Jesús, a la que el Padre, tuvo gran devoción como lo demostró en sus cartas y sermones.

El celo apostólico de nuestro paisano, uno de los más esclarecidos hijos de San Ignacio, se manifestó también extramuros de la cátedra y el templo.

Al efecto, en el Hospital General, fundó una congregación de señoras para auxilio de enfermos desvalidos, congregación que durante muchos años funcionó con excelentes resultados.

 

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En Portugal

Como Cisneros, nuestro fraile fué designado para dirigir los pasos de conciencias reales. A fines de 1831, fué nombrado confesor y director espiritual de los tres hijos de Don Carlos, los príncipes Don Carlos Carlos Luis, Don Juan y Don Fernando, cargo que alternaba con los de Maestro de Teología escolástica de la cátedra de la mañana, Presidente en las cuestiones de casos de conciencia, y confesor y predicador en el hospital y en la cárcel de la Corte.

Don Carlos tuvo que salir para Portugal y el Padre Rafael marchó acompañando a esta real familia, como confesor de ella; también iba el Padre Ramón José de Frías, como preceptor de los infantes.

Un mes permanecieron en Lisboa y allí como en Madrid bien pronto adquirió celebridad el Padre La Calle, por los elocuentes sermones que predicaba en la Iglesia Patriarcal.

Dos azotes amenazaban a Lisboa: la guerra y el cólera, por lo que el Padre Rafael y sus regios penitentes tuvieron que trasladarse a Ramalchao y muy pronto a Villarreal en la provincia de Tras-Os-Montes. Infatigable allí como en Madrid y Lisboa, trabajaba con tesón en las cosas de su ministerio.

En este punto, fundó el ejercicio de las Flores de Mayo, tal como se celebraba en el Colegio Imperial de Madrid.

El mucho y constante trabajo en una iglesia húmeda y fría fué la causa de que adquiriera la terrible enfermedad que le atormentó durante más de 14 años, y que él soportó con admirable estoicismo.

 

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Por los caminos del mundo

A consecuencia de tumultuosos sucesos políticos que se produjeron en Portugal, la familia de Don Carlos, con todo su séquito, tuvo que abandonar Portugal y embarcados en el navío inglés "Donegal", marcharon todos con rumbo a Inglaterra. El Padre La Calle se albergó en la Rectoría de Albertolle junto a Gosprot, donde se instaló aquella familia, y ausente Don Carlos, allí falleció su esposa la infanta Doña Francisca de Asís, hija de los reyes de Portugal, a quien el Padre La Calle tuvo que administrar los auxilios espirituales y disponer sus funerales con gran pompa.

En 1834, salieron de Londres, y el Padre Rafael, acompañando a la princesa de Beira, holló los caminos de Europa, viajando por el Rin, Alemania, Saboya y Austria, hasta llegar a Salzburgo en cuyo punto los grandes fríos recrudecieron extraordinariamente el mal que al Padre aquejaba.

En el mes de Noviembre de 1839, el Padre Rafael verificó sus últimos votos, y después de unir en matrimonio a Don Carlos y a la princesa de Beira, se retiró al Colegio de Verona, donde conoció y tuvo grande amistad, con el célebre Padre Odescalchi, que había renunciado a mitra y capelo por ingresar en la Compañía de Jesús.

En 1840, el Padre La Calle pasó a Roma donde fué recibido por el Santo Padre, y tuvo la inmensa satisfacción de abrazar a su hermano Don Eutasio, que emigrado político en Francia, corrió a Roma habiendo sabido la situación de su hermano, y ya no le abandonó hasta cerrarle los ojos en Malta.

Es fama, que el Padre La Calle también visió los Santos Lugares, y según en cierta ocasión nos manifestó un pariente suyo, Don Rafael Montoto Martín, en una de las cartas enviadas desde Antioquía por el Padre a sus familiares, les decía: "hoy 18 de octubre día de San Lucas, (fiesta tradicional de El Torno) mientras mis paisanos se abrán regocijado a los sones de gaite y tamboril, yo he celebrado la Santa Misa en el sepulcro de San Lucas, aplicándola por mi pueblo." Se ve pues, que a pesar del tiempo y la distancia, el Padre Rafael seguía queriendo y estimando al solitario y apartado rincón que le vió nacer.

Buscando algún alivio a su dolencia, él y su hermano pasaron a los baños de Ischia en Nápoles, donde no solamente no mejoró, sino que quedó ciego, con lo que quedó privado del gran consuelo de la lectura. Tales desgracias no le robaron ni un ápice de paz, tranquilidad y resignación.

 

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La muerte en el destierro

En enero de 1848, sobrevino la revolución y el colegio donde el Padre La Calle residía fuá asaltado. Nuestro paisano juntamente con otros de su orden, fué arrestado en calidad de prisionero. Parece, que el Padre Rafael fué inhumanamente tratado, a pesar de las reclamaciones que en su favor hizo el notable poeta español Excelentísimo Señor Duque de Rivas, que a la sazón era embajador de España en la corte de Roma.

Conducido como prisionero y en calidad de desterrado a la isla de Malta, fué allí muy bien recibido y tratado por los malteses.

Su enfermedad, hacía cada vez más terribles progresos, pero cada vez eran mayores su fortaleza y hasta buen humor para conllevarla.

Su biógrafo el Padre Frías cuenta la anécdota siguiente: "Era tan estóico en el sufrimiento, que teniendo una herida agusanada y habiéndole extraído uno de aquellos animales, pidió con insistencia que le pusiesen sobre la mesa, ¡era tan bonito!... y ¡le había él dado de comer tanto tiempo!"

En Malta, además de su hermano Don Eustasio, le acompañaban y asistían el Padre Medina y el hermano coadjutor español Ignacio Enrich, quienes estaban siempre admirados de la fortaleza y entereza con que sufría tan terrible enfermedad.

Por fin, tantos y tan espantosos sufrimientos acabaron por abatir al gigante. El 18 de Octubre se agravó de un modo alarmante, el 22 le fué administrada por el Señor Medina la Extraunción, y el 25 de Octubre de 1848, a las cinco en punto de la mañana, dejó de existir el Padre Don Rafael de La Calle y Sevillano, entre el sentimiento general de los habitantes de aquella ciudad mediterránea, que le tenían en el concepto de un gran santo y un gran sabio.

Tanto el Obispo católico de Malta como el Gobernador General de aquella isla, acordaron que como favor especial y único, fuese enterrado en la bóveda de la Iglesia de Jesús.

Celebradas las primeras exequias en la catedral de la Compañía, fué trasladado al templo en una hermosa carroza mortuoria y acompañado por una imponente muchedumbre. Se consideraba feliz quien lograba besar sus manos o tocar su hábitos, por considerarle muerto en olor de santidad.

Los funerales en el templo totalmente invadido por el gentío, fueron solemnes. En el funeral y misa, intervino la música de la capilla de San Rafael y hasta las bandas de los teatros de la ciudad, que lo pidieron como especial favor.

Para poder darle sepultura, hubo que despejar el templo y cerrar sus puertas a causa de la total ocupación de la iglesia por los malteses, que hasta el último momento quisieron acompañar al Padre La Calle, que tantas pruebas había dado de humildad, mansedumbre y entereza.

 

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Conclusión

Vecinos de El Torno; niños que mañana seréis hombres: Ahí os dejamos la estampa de nuestro ilustre paisano, el fraile sabio, bueno y sufrido. Como todos nosotros, nació ahí, en nuestra amada tierra, respiró las brisas de sus montes floridos y saltó y correteó por entre sus canchos y matojos. Fué estudioso y se elevó a las alturas, pero las alturas no le desvanecieron. Aunque vivía entre príncipes fué sencillo en el comer y en el vestir, y gustó del trató y conversación de los humildes a quienes favoreció en vida cuanto le fué posible.

La advesidad se enseñoreó de su cuerpo, pero no de su espíritu; de su fé y recia hombría supo extraer los recursos para enfrentarse con el sufrimiento.

Para todos los hijos de El Torno, debe ser siempre un orgullo tal figura. Nuestro pueblo ha producido un hombre ilustre: el Padre La Calle que descolló como un gigante en dos capitales, mereciendo ser guía de reyes y de príncipes. Nuestro paisano esclarecido fué también admirado por las grandes multitudes, que le escucharon con respeto y entusiasmo en vida y en la muerte le despidieron con pena y fervor. Nuestro preclaro paisano ha quedado inmortalizado en las páginas de la Historia, donde también figura el nombre de su pueblo que es el nuestro.

Por todo y por ser nuestra figura más señera, debemos enaltecer siempre su memoria.

 

Adolfo Izquierdo

Fuencarral (Madrid). Año de 1948.

 

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