Tío Pedro vive de cazar zorros, jinetas, hurones, garduñas... Es un alimañero. En su pueblo, El Torno, todos le nombran Tío Picote. Es padre de una guapa y bizarra mocetona. Es domingo de un caluroso y ajetreado mes de agosto de 1809. Ha dejado las trampas y cepos armados. La madrugada del lunes subirá a ver si ha caído algún bicho.
El pueblo está excitado con las entradas y salidas de los franceses y partidas a la guerrilla. Unos y otros reclaman raciones e impuestos sin tasa. Al término de misa mayor, en la plaza de la iglesia, observa como un sargento gabacho exige con malos modales la entrega de bastantes arrobas del buen vino tinto torniego. El alcalde le explica que las bodegas se encuentran exhaustas.
Vocifera el soldado francés y no admite las excusas. Sin más, le asesta un culatazo a la primera autoridad torniega. Un hijo pequeño del alcalde dirige una pedrada a la boca del insolente suboficial. Los vecinos, que no quitan ojo de lo que allí esta ocurriendo, se abalanzan sobre el pelotón francés. Hieren a unos, a otro lo matan, apresan a varios y el resto huye entre una lluvia de piedras.
En Plasencia está el siniestro mariscal Soult, quien airado envía
una sección a represaliar a los atrevidos torniegos. Éstos discuten
como actuar. Una voz femenina se impone sobre los titubeantes hombres y asegura
que si ellos no son capaces, serán las mujeres las que se encarguen de
defender el pueblo. Es la brava hija de Tío Picote, a quien encargan
que organice la defensa de la población. Dispone aguardar, en el sitio
del Canalón, a los enemigos. Éstos, al llegar allí, se
sienten atraídos por los sazonados racimos de uva. Como piensan que la
operación es un simple paseo militar, una mera exhibición de fuerzas,
deciden saltar a la viña, después de colocar los fusiles en pabellones
para mejor gustar las uvas. En ese preciso instante, Tío Picote ordena
atacar.
Los franceses son heridos y desarmados. Pactan la entrega de los prisioneros,
que realiza Tío Picote en Plasencia entre los aplausos de la muchedumbre.
La ira del duque de Dalmacia no conoce límites. Encolerizado, no respeta
el acuerdo y envía un contingente de los mejores dragones al pueblo serrano.
Los vecinos son alertados por el alcalde placentino. Salvan lo que pueden de
sus hogares y se esconden entre la maleza montesina. Los franceses llegan el
24 de agosto. Al encontrar vacío el pueblo, deciden prenderlo por los
cuatro costados. Se ayudan de las tiras de lino que se secan en las solanas.
Las consecuencias de la devastadora quema de El Torno han quedado brevemente
registradas en un libro del archivo parroquial:
"" En veinte y quatro de agosto de 1809.
Las tropas francesas pusieron fuego al lugar y abrasaron como doscientas diez
y nueve casas, quedando solo cinquenta entre casas, casillas, tinados y caserías,
y para que conste a la posteridad lo firmo. Paniagua"".
Tío Picote se echó al monte, al mando de
un grupo de guerrilleros, entre los que se encontraba su gallarda hija.
En la actualidad el viejo casco de El Torno se encuentra asfixiado por elevadísimos
bloques de moderna obra. Quien se acerca a estos pueblos ya no recibe como primera
sensación visual los tonos ocres del adobe y el rojizo de los tejados.
Hoy, se anteponen las viviendas de ladrillo, hormigón y estructuras metálicas.
En la arquitectura tradicional torniega alternan casas serranas de mampuestos
que suben hasta los aleros junto a otras construcciones de entramados. En cuanto
al trazado viario, ya los visitadores de la Real Audiencia de Extremadura percibieron,
a finales del XVIII, esa impresión caótica de sus calles. El monumento
culto por excelencia es el templo parroquial -dedicado a la Virgen de la Piedad,
meritoria talla del siglo XV de influencia flamenca-, cuya fábrica pertenece
al siglo XVI, aunque reconstruida en la segunda mitad de la presente centuria
con tanto desacierto que eliminaron hasta la bóveda de crucería
del presbiterio.
Texto de Fernando Flores del Manzano, extraído del libro:
Plasencia y El Valle del Jerte. Historia y naturaleza. Pgs. 115-117
Patronato de Turismo y Artesanía de la Exma. Diputación de Cáceres. 1994